Quiero compartiros una experiencia triste y conmovedora que viví ayer.

Volviendo a casa, me detuve en la calle esperando poder girar hacia la carretera principal. De pronto, delante de mí, un perro salió corriendo de la nada desde la izquierda. Apenas puso las patas en el asfalto, un coche a que iba a una velocidad elevada en un tramo de 50, lo embistió sin frenar. El conductor tuvo tiempo, pudo haberlo evitado… pero no lo hizo. Lo vio y aun así decidió seguir su camino, atropellándolo dos veces. El primer impacto fue en la cabeza, que lo llevó a darse unas volteretas en el aire, y la segunda en el lomo que lo dejó tumbado en medio de la carretera.

En ese instante no sabía si correr tras el coche o ayudar al perro. Solo recuerdo cómo grité de desesperación y se me salía el corazón por la garganta. Vi al animal tirado, con las patas arriba, convulsionando, y a su compañerita junto a él, intentando socorrerle con desesperación. Los coches seguían pasando, completamente indiferentes, sin dejarme cruzar. Nadie se detenía. Me lancé al medio de la carretera, levantando los brazos para parar el tráfico, y logré pedir ayuda a un chico joven que lo había visto todo desde la otra acera. Entre los dos intentamos arrastrar al perro del asfalto, mientras la gente solo pitaba, incapaz de mostrar un mínimo de empatía.

Logramos ponerlo a salvo en el borde de la acera. En ese momento, un chico en moto se detuvo y nos ayudó a subirlo a un lugar más seguro. El perro luchaba por su vida, con miedo de vernos a su alrededor, sin saber qué le pasaba porque sus ojitos sangraban y su cuerpo convulsionaba, tiritaba, intentaba ponerse en pie, pero el golpe en el abdomen y las patas lo tenía en shock, aterrorizado y adolorido. Poco después llegó un guardia municipal en un jeep; le contamos lo sucedido y sin dudar nos ayudó a buscar ayuda para llevarlo a algún veterinario.

Mientras que el chico de la moto, una señora que pasaba, el chico del bus, el guardia y yo estábamos decidiendo qué hacer, se paró una mujer en coche con su perrito. Sin pensárselo dos veces vino a ver qué pasaba y si podía ayudar. Es ahí que nos dijo de su veterinario abierto en domingo. Sin dudarlo, subimos a los dos perros al jeep, porque era imposible separar a la perrita de su compañero. No se apartó ni un segundo de él: nos miraba suplicando ayuda, amor y comprensión. Ella se subió al coche sin pensarlo mientras que fue más complicado meter al perro accidentado, pero lo conseguimos en medio de un tráfico (que son personas) indiferente. Porque la gente se iba a las fiestas del pueblo, donde se pasaron poniendo petardos, fuegos artificiales y cortando calles. Para la gente, eso es diversión y no supone un problema, pero para los animales es como una guerra.

Nos despedimos de todos, y el guardia y yo seguimos a la chica del coche, Vale. En la clínica lo recibieron con cariño. Revisaron heridas, fracturas, hemorragias internas. El pronóstico no era bueno. El perro no tenía dueño, era callejero, había que responsabilizarse con costos y un lugar para la noche. Vale  y yo decidimos asumir los gastos con tal de darle una oportunidad de vivir. Lo que no teníamos era un lugar donde pudieran quedarse esa noche.

Llamamos a amigos, protectoras, cuidadores… nadie podía acogerlo por una razón u otra. Mientras tanto, la perrita seguía a su lado, animándolo con su presencia, enseñándonos lo que significa la lealtad, la perseverancia y el amor incondicional. Esa pequeña nos dio una lección. Estaba mirando todo mientras no le quitaba ojo a su compañero, y lo más admirable, es que estaba en una cierta paz. Ella sabía que estábamos ayudando, que estaban a salvo, que podían confiar.

Cuando ya no sabíamos qué más hacer, cuando lo probamos todo sin éxito, rezamos para que Dios abriera un camino. Entonces entró una pareja con un gato atropellado con la cola y una pata inmovilizadas, víctima también de un conductor que se dio a la fuga. Misma historia, ellos salvaron al gatito y no sabían de quién era.

Junto con el veterinario, y sin tener más soluciones, decidimos llevarles al barrio que ya conocían a un lugar seguro con comida y agua, ambos perritos, estaban desnutridos. Al menos esa noche, podrían recuperase y ya veríamos si les hubiéramos encontrado por allí. Al escuchar nuestra historia y ver la fidelidad de la perrita, el chico se interesó en el diagnóstico del perro y su salud. Algo pasó en un instante, él miró a su novia y dijo: “Los adoptamos a los tres. Tengo una casa con cinco perros y un gato. No estarán solos.”

Y así, lo que comenzó como una escena de dolor terminó con un acto de amor inmenso. La perrita que nunca se separó de su compañero encontró a alguien con un corazón tan grande como el suyo que les adoptó y ya tienen casita nueva, los dos inseparables.

Pero quiero dejar estas reflexiones:

  1. Los petardos y fuegos artificiales son un tormento para animales y aves. ¿Hasta cuándo tendremos que esperar para que la humanidad despierte a esta verdad tan simple y poco egoísta?

  2. Atropellar un animal es tan grave como atropellar a una persona. Uno se detiene y ayuda. Escapar es una cobardía y falta de conciencia.

  3. Aún hay personas con nobleza, dispuestas a ayudar. Gracias al chico del bus, al de la moto, al guardia municipal, a Vale, a los veterinarios, a la pareja y, sobre todo, a esa perrita, que le dimos el nombre de Munay, y a él, Suko.

  4. Aprender de los animales es el mayor acto de sabiduría del ser humano. Vivir con ellos, aún más.

  5. Gracias a ti que has leído hasta el final. A veces, detener el tráfico y poner el corazón en medio puede cambiar la vida de muchos.

    Y ese es el Plan Divino: la bondad, es el amor que mejora la vida de todos a través de una acción de ayuda incondicional sin recibir nada a cambio. Pero ese gozo de haber estado para una vida en peligro, es la mayor felicidad que exista. De esta experiencia, nos encontramos nuevos amigos y otros, encuentran una casita llena de amor.

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